80 Mundos: un templo de papel y libertad

80 Mundos: un templo de papel y libertad

JOSÉ LUIS FERRIS

Escritor y profesor de la Universidad Miguel Hernández

Me hace muy feliz que cuatro jóvenes que creen ciegamente en la cultura le hayan hecho un corte de mangas a los ciegos de espíritu. Me explico. Me complace mucho que cuatro jóvenes, en pleno estado de excepción, de alerta irremediable, cuando cientos de negocios echan el cierre y pliegan velas, se atrevan a nadar contracorriente, retar al miedo y poner una pica en lo imposible… Dicho de otro modo. Me parece delicioso y ejemplar que cuatro jóvenes hayan empeñado sus ahorros y un pellizco de futuro en comprar una librería que estaba en trance de echar la persiana…

Fue en junio del pasado año cuando Carmen Juan, Sara Trigueros, Marina Vicente y Ralph del Valle se liaron la manta al corazón y le hicieran el boca a boca a una historia que agonizaba: la de 80 Mundos y 34 años de resistencia en Alicante. Ser joven tiene eso: te agarras a tu fe, no calibras distancias, te amparas en los héroes y tienes el derecho, por encima de todo, a llevarte la vida por delante. Y eso hicieron. Año y medio después, en un tiempo de sórdidos adioses, el milagro está ahí y la librería que fundó Fernando Linde el distópico año de Orwell se ha convertido en un espacio vivo, en un templo de papel y libertad por cuyo pasillo, como un niño feliz, corretea la luz, pasea la inteligencia, deambula la emoción y salta, de leja en leja, el duende azul de la sabiduría. Pensándolo bien, el milagro son ellos, un cuarteto de cuerda y alma que, con el genial Ferrán Riesgo, es hoy un quinteto que no hace sino dispensarnos alegrías. Quien juega con el fuego del trabajo bien hecho, quien se acuesta con el amor a un oficio infinitamente bello, se levanta empapado de gratitud y –¿por qué no?– recibiendo el Premio Nacional a la mejor librería cultural del año. Se lo concedió a 80 Mundos el pasado lunes la Confederación Española de Gremios y Asociaciones de Libreros (CEGAL) y un jurado que se reunió en Madrid, en el Ministerio de Cultura y Deporte, para reconocer una labor que, más allá de prolongar un legado, de difundir el libro y la lectura, de mantener y crear nuevos lectores, de dinamizar un mundo dormido, es un espacio de libertad y un lugar sembrado con ilusión de la buena que contagia ilusión a quien llega, mira, pregunta, hojea, escucha, aprende, opina, compra y sonríe.

Hace unos días recordaba y reivindicaba en estas páginas el ingente valor de la cultura y su capacidad de generar riqueza. No conozco inversión con tan alta rentabilidad. Los ejemplos cunden a poco que levantemos la vista y veamos ciudades, antaño tristes, impensadas, caóticas y sombrías, que han apostado fuerte por la cultura y hoy son la envidia del país, destinos turísticos de calidad y un orgullo para sus habitantes. Pienso en Bilbao, en Cartagena y, por supuesto, en Málaga, una capital muy semejante a la nuestra que no ha perdido el tiempo, que ha creído en sí misma, que ha tenido un proyecto, que ha creado un modelo de ciudad y que ha sabido hacer, sencillamente, verdadera política. En cualquiera de ellas sería impensable un Teatro Principal descabezado, sin dirección durante meses, un cine tan nuestro como el Ideal en tierra de nadie o el desgobierno que ahora mismo sufre el Instituto Alicantino de Cultura Juan Gil-Albert, sin director cultural y sin equipo desde las elecciones del pasado mayo; una casa de todos que si mantiene sus puertas abiertas, atiende nuestra llamada y se sostiene en pie se debe en exclusiva al magnífico equipo técnico que permanece entre sus paredes y que ha crecido entre las bambalinas de un organismo –para muchos de nosotros, sagrado– que no se merece el silencio que –¿por desgana, por inoperancia, por ignorancia, por desorientación, por falta de amor? – siente y padece. 

Pero nada está perdido, créanme. Al menos mientras gente como Sara, Carmen, Ferrán, Marina y Ralph nos den una lección de pasión y de talento como la que nos acaban de regalar ganando la Estrella Michelín del Gremio Nacional de Libreros. Ellos son el milagro, lo repito, pero también el futuro y la prueba de que la cultura es la llave de la vida, de la dignidad, de un mundo más amable y, por supuesto, de una ciudad limpia, luminosa y mejor que algún día, cuando triunfe el pensamiento y tenga los gobernantes que se merece, políticos que la amen de verdad (si están ahí, ahora, están tardando en demostrarlo), comenzará a lucir lo mejor de sí misma, atraerá oleadas de viajeros y será la referencia urbana y cultural que muchos hemos soñado.

Tenemos tanto que ganar y tan poco que perder después de todo lo perdido (lugares, monumentos, edificios, costumbres…) que solo falta conjugar de una vez y en serio inteligencia, amor a una ciudad y política para no perder ni un minuto más en esa carrera hacia nosotros mismos, hacia lo que queremos ser como espacio común, como tierra habitable, como urbe con sentido y como capital de cultura (nos sobra materia prima para serlo).

Ellos ya han empezado. Lo han hecho desde las cenizas de una librería a punto de cerrar sus puertas y en la que hoy se miran las demás. Ellos son el milagro y la prueba de que aún estamos a tiempo. Ellos saben muy bien que la inacción, tan prodigada entre la clase política, es una piedra que hay que apartar de todos los caminos.