ABIERTO POR REFORMAS

A vueltas con la ley de Murphy

JOSÉ LUIS FERRIS

La literatura y el cine, la poesía y el humor, la seducción y el miedo se apoyan de manera especial en el factor sorpresa. El desenlace de una buena novela, como el de cualquier película de género, ha de pillar al lector-espectador por la espalda. Los finales previsibles, las pistas demasiado elocuentes, ponen en evidencia al mal escritor y conducen directamente al fracaso. A personas como usted o como yo nos encanta que alguien o algo nos sorprenda, nos persuada con la emoción, con la inteligencia o con el suspense.

Un poema nos provoca íntimas sacudidas en el alma, secreciones de espíritu, nos encoge o nos expande el corazón cuando nos revela un secreto, por una sencilla e insólita combinación de palabras, por un simple adjetivo que alguien colocó, inesperadamente, junto a un nombre al que nunca había acompañado, o al leer un verso que nos revela el sentido de nuestra vida, al oír nuestra propia voz en los labios o en los versos de otro. Lo mismo sucede, respetando las distancias, con un chiste sutil, genial, que pasa al dominio público a velocidades de vértigo y que se enquista, de la noche a la mañana, en el acervo popular. Nadie sabe de dónde sale, quién lo inventa, pero cumple a la perfección con su propósito, con su función expresiva, su competencia social y su respeto a la norma de lo inesperado. La sorpresa es la sustancia de todo buen chiste, ya se trate de un juego verbal o conceptual, pero es ella la que enciende la risa y la que arranca la carcajada.

No obstante, hay más factores que nos endulzan la vida, que no atrapan por el cuello y nos provocan una sana complicidad con el resto de mortales, con las pasiones que todos, más o menos, compartimos. En el fondo, nos gusta un relato, una película, una obra cualquiera, porque habla de nosotros, descubre nuestro lado secreto, saca a flote el mundo íntimo de cada cual, sintoniza con esa vida privada que arrastramos de cualquier manera y hasta nos demuestra con modelos de ficción, pero asombrosamente verosímiles, que no estamos solos en esto, que los demás también sufren y gozan, saldan su hipoteca, mal llevan la soledad y pagan duro el desamor, se emborrachan a veces, encajan fatalmente el desprecio, recurren al cinismo, follan lo justo y siempre menos de lo que confiesan, se escudan en la mentira, salvan el tipo a costa del rival, animan a sus hijos cuando compiten, son tiernos con las espigas e implacables con las espuelas, toman ansiolíticos, lloran bastante y juegan a las cartas cuando llueve, cuando no hay nada mejor en la vida que resolver un solitario para calmar el miedo.

Usted dirá que no; creerá que su caso es distinto, diferente al de cualquiera, pero todo lo que le sucede de puertas para adentro, lo que afronta cada día con placer o con fastidio, ya está más que inventado. Somos cómplices, lo queramos o no, en las adversidades y en las penas, en la salud y en la alegría, en las sombras y en los gozos. Y para convencerle y convencerme de ello, bastarán unos cuantos ejemplos cotidianos que prefiero servir con el correspondiente salsamento de humor. Tome nota.

Siempre que necesite abrir una puerta con la mano que le queda libre, las llaves estarán en el bolsillo diametralmente opuesto.

Hágalo como quiera, pero siempre abrirá la caja de las aspirinas por el lado donde está el papelito del prospecto para ponérselo más difícil.

Cuando tenga las manos pringosas, llenas de grasa o de pintura, es de ley que le pique la nariz, la cabeza o la bisectriz de ese sitio que está imaginando.

La probabilidad de que se manche (el típico churrete o lamparón) mientras come es directamente proporcional a la necesidad que tenga ese día de estar limpio.

Todo cuerpo sentado en la taza del WC acciona, por no sé sabe qué invisible mecanismo, el timbre de la puerta de casa.

Por la misma ley, todo cuerpo sumergido plácidamente en la bañera, activa el sonido del teléfono.

Deshágase de ese objeto que no ha usado en su vida, que ha sido un estorbo durante veinte años. Verá como no pasa más de una semana para que lo necesite de verdad.

La única vez que la puerta de casa se cierre sola será también la única vez que se ha dejado las llaves dentro.

Si está ocupado y suena el teléfono, no corra ni se desespere, haga lo que haga, siempre llegará para oír cómo cuelgan.

Ya sé que la tele le interesa bien poco, pero el día que hagan dos programas de su agrado e interés, serán a la misma hora.

Si le apetece o conviene que el día salga malo, que llueva a discreción, levántese optimista, lave el coche, organice una parrillada al aire libre con los amigos o tienda toda la colada. Falla pocas veces.

Si lo que quiere es echar limón al rape que le acaban de servir, cójalo con elegancia por la cola, colóquelo a la altura de su ojo derecho y exprima sin cuidado en cualquier dirección. Es un fenómeno 100% garantizado.

Nadie se salva de esas leyes que nos hace comunes, que nos definen e igualan. Todos somos producto y víctimas de las mismas pasiones. Ni el odio ni el amor, ni el deseo ni el desprecio han pasado de moda desde que el hombre y la mujer pueblan la Tierra. Ni siquiera los pequeños detalles de nuestra vida diaria son patrimonio exclusivo. Pero nos gusta saberlo, que nos lo cuenten de vez en cuando, ya sea en la penumbra de un cine o en las páginas de un libro, a ser posible con emoción y sorpresa o, por encima de todo, con sorpresa y emoción.