Adolescentes

ABIERTO POR REFORMAS

Adolescentes

JOSÉ LUIS FERRIS

Ser madre o ser padre más allá del puro hecho biológico, es decir, en un sentido pleno de responsabilidad afectiva, moral y jurídica, es una de las tareas más complejas y erosivas de cuantas se pueden concebir.

Decía el escritor libanés Gibrán Jalil (1883-1931) que los hijos, como flechas vivas, son lanzados a la vida por unos arqueros muy especiales: sus padres. Del pulso de éstos, de la habilidad de su mano, depende la felicidad de aquéllos. “Tus hijos –decía Jalil– no vienen de ti, sino a través de ti, y aunque estén contigo, no te pertenecen. Puedes darles tu amor, pero no tus pensamientos, pues ellos tienen sus propios pensamientos. Puedes abrigar sus cuerpos, pero no sus almas, porque ellas viven en la casa del mañana, que no pueden visitar ni siquiera en sueños. Puedes esforzarte en ser como ellos, pero no procures hacerlos semejantes a ti porque la vida no retrocede, ni se detiene en el ayer.”

Partiendo de esta primera lección, conviene recordar que el sentido posesivo de muchos progenitores, la sociedad del bienestar y, sobre todo, la huida de viejos modelos represivos y autoritarios han generado en la mayoría de padres un hiperproteccionismo francamente nocivo para sus hijos, así como un efecto diametralmente contrario al que se pretendía conseguir: adolescentes desmotivados, sin objetivos ni valores, cuya máxima aspiración consiste en taladrarse la sien con un piercing, organizar un botellón con los colegas o colgar en Youtube una parida de mal gusto grabada con el móvil al salir de clase. 

En un contexto caracterizado por el consumismo salvaje, la satisfacción inmediata y la indolencia, un chaval de entre 13 y 17 años que se ha desmarcado del esfuerzo personal y de ciertos valores esenciales, es carne fácil para el pandilleo sin control, el fracaso escolar y, en el peor de los casos, para actos antisociales, violentos o autodestructivos.

El juez de menores Emilio Calatayud, popularizado por su gran sentido común y por su claridad verbal, exponía del siguiente modo los diez puntos esenciales para hacer de nuestro hijo un futuro delincuente:

1) Comience desde la infancia dando a su hijo todo lo que le pida. Así crecerá convencido de que el mundo entero le pertenece.

2) No se preocupe por su educación ética o espiritual. Espere a que alcance la mayoría de edad para que pueda decidir libremente.

3) Cuando diga palabrotas, ríaselas. Esto le animará a hacer cosas más graciosas.

4) No le regañe ni le diga que está mal algo de lo que hace. Podría crearle complejo de culpabilidad.

5) Recoja todo lo que él deja tirado: juguetes, zapatillas, ropa, libros… Así se acostumbrará a cargar la responsabilidad sobre los demás.

6) Déjele leer todo lo que caiga en sus manos. Cuide de que sus platos, cubiertos y vasos estén esterilizados, pero no de que su mente se llene de basura.

7) Riña a menudo con su cónyuge en presencia del niño, así a él no le dolerá demasiado el día en que la familia, quizá por su propia conducta, quede destrozada para siempre.

8) Déle todo el dinero que quiera gastar, no vaya a sospechar que para disponer del mismo es necesario trabajar.

9) Satisfaga todos sus deseos, apetitos, comodidades y placeres. El sacrificio y la austeridad podrían producirle frustraciones.

10) Póngase de su parte en cualquier conflicto que tenga con sus profesores y vecinos. Piense que todos ellos tienen prejuicios contra su hijo y que de verdad quieren fastidiarlo.

Por supuesto que todos, en mayor o menor medida, hemos pecado de permisivos, de incautos o de inconscientes cumpliendo alguno de los puntos de este decálogo y ahora nos encontramos con un adolescente de 15 años en quien no reconocemos a nuestro propio hijo. Hemos sido comprensivos con él, dialogantes; le hemos dado los mejores ejemplos en un ambiente propicio para el estudio y la lectura; le invitamos a participar en las decisiones familiares, hemos sancionado sus malas actuaciones y festejado las buenas; hemos marcado sus límites y proporcionado alternativas; le hemos insistido en no mentir anteponiendo siempre la verdad; jamás hemos prohibido, sino explicado las consecuencias; no hemos abdicado ante nada… y sin embargo,  un día, cuando menos lo esperamos, el chaval nos sorprende con una frese o un gesto francamente insólito o impropio de su conducta; y ese día descubrimos que nuestro hijo es o se nos ha hecho pijo, pichón, normal, friki, súper, rapero, bakala, cani, pokero, coyo, makineta, chungo u otra subespecie urbana aún por definir.

Y entonces toca preguntarse muy seriamente en qué hemos fallado, por qué narices el niño que hace dos días, como quien dice, quería ser veterinario, futbolista o profesor de gimnasia, nos suspende ocho sin que le tiemble el tupé o nos dice, sencillamente, que no quiere estudiar, que lo suyo es la independencia, hacer su vida y desocuparse por completo del futuro. Toca preguntarse también qué gente o qué amigos nos lo ha robado un poco y actuar sin dilación sabiendo que ese niño que soñaba con tantas cosas, nuestro hijo, permanece todavía tras ese disfraz de duro e indolente, deseando (aunque no lo parezca) que sigamos preocupándonos por él, ayudándole a triunfar, a ser la buena gente que ha sido…

“Tú eres el arco del cual tus hijos, como flechas vivas, son lanzados”, decía Gibrán Jalil. Ahora sólo falta que la inclinación de tu mano de arquero sea la propicia para su felicidad.