ABIERTO POR REFORMAS

Curso 64/65: la quinta de los “cagones”

JOSÉ LUIS FERRIS

Como otras tareas formativas y educativas, el aprendizaje de la lectura y su cultivo posterior han quedado tradicionalmente relegados a la escuela. Esto significa que cuando los centros docentes han dejado de ser modelos de enseñanza o cuando los planes de estudio se han desentendido de la lectura como punto prioritario, las consecuencias de tal ineptitud, desatención o desdén se han visto reflejadas en generaciones de jóvenes incapaces de disfrutar de/con un buen libro e inhabilitados siquiera para comprender algo tan sencillo como una frase coherente, un párrafo o el capítulo completo de un fascinante relato de aventuras. No cabe duda alguna de que la ignorancia y el desconocimiento generan rechazo y aversión. Si ignoro lo que un libro puede hacerme disfrutar; si desconozco los beneficios inmediatos que reporta una buena lectura, lo lógico es que los despache con el desinterés y que lo sitúe a la cola de mis preferencias.

De entrada conviene definir la lectura como un encuentro entre el lector y el texto en un momento y una situación determinada gracias al cual se construye un significado. Tal significado no es necesariamente único ya que variará según el lector. Es decir, un libro, una obra literaria, puede tener tantos significados como lectores accedan a él. Ambos se necesitan y se conceden mutuamente la existencia. Del mismo modo que una mujer se estrena como tal el día en que concibe o adopta su primer hijo, un lector no alcanza tal categoría hasta que no tiene un texto en sus manos y lo interpreta. Tampoco los libros son nada sin un lector que rompa su silencio, que resucite la tinta dormida que lo invade y la eleve al cielo de los significados y de la imaginación. Cuando un niño o un adulto lee, se enciende un proceso de interpretación y de interacción entre el pensamiento y el lenguaje.

Las palabras que, sucesivamente, se distribuyen por las páginas de un libro activan los conocimientos, la memoria, las experiencias y hasta las emociones del lector. Y éstos son los que construyen su significado y los que dan sentido al texto.

En síntesis, en el proceso de lectura, el lector no es un ser pasivo, antes bien, éste participa activamente aportando sus conocimientos previos, sus experiencias de vida, sus estructuras cognoscitivas y afectivas y sus competencia para la construcción de significado.

En el mundo contemporáneo, la lectura se ha convertido en un instrumento indispensable, de ahí que su promoción y el fomento de su práctica, más que una necesidad imperiosa, sea un deber de todos. No sólo es mejor docente o mejor escritor aquel que lee con frecuencia y deleite, sino que asimismo es mejor pediatra, mejor jardinero y mejor taxista aquél que tiene entre sus hábitos la lectura diaria. Pero para que se cumpla el milagro es preciso que intervengan y concurran diferentes factores, que se incentive y fomente el amor a los libros en diferentes espacios: el hogar, la escuela, los lugares públicos en general, las zonas de ocio y de trabajo… Se trata de hacer vivir a los libros entre lo cotidiano.

Es muy aconsejable, por ejemplo, retomar el libro como la principal alternativa para regalar. Tanto quien da como quien recibe, esencialmente los niños, aprenden así a valorar lo que, en apariencia, es sólo un objeto. También conviene incluir la librería y la biblioteca entre los lugares de visita frecuente. Se debe producir un contacto directo con el libro, un encuentro físico, guiado por las recomendaciones de amigos, familiares, maestros…

Introducir el libro en las conversaciones más frecuentes de la familia es otro de los puntos a cumplir; también comentar los textos que se están leyendo, recomendar la lectura o relectura de aquel cuento que tanto nos gustó, leer fragmentos en voz alta, reírnos con ellos para que los más pequeños de la casa se interesen por lo que tanto nos divierte… De igual modo debemos procurar que haya siempre libros, revistas, tebeos y materiales escritos al alcance de los niños de la casa; que formen parte de su entorno y puedan echar mano de ellos en un momento de aburrimiento. Cualquier lugar es bueno para leer. Hay que animar al niño a llevar siempre con él, como el bocadillo del almuerzo, un sencillo libro. El día es largo y muchas veces, mientras se hace cola para entrar al comedor, mientras se viaja en el autobús, en la espera del dentista… todo se hace más ameno con la compañía de un libro. Sin embargo, no debemos obligar a nadie a leer ni tampoco emplearemos la lectura como sanción o escarmiento. La imposición y el castigo son los medios más eficaces para hacer que una persona responda con el rechazo. Ésta ha de presentarse siempre como un acto de placer y de esparcimiento, un medio para saciar la curiosidad y una práctica de libertad.

Si celebra que su hija o su hijo ya dice papá, o que ha dado sus primeros pasos (todo ello en una fase de la que el pequeño no recordará nada cuando sea adulto), si celebra esas grandes hazañas, celebre por todo lo grande el día en que pueda leer lo que hay en la valla publicitaria; aplauda ese gran paso hacia la felicidad. Del mismo modo, en cualquier situación en la que distribuyan textos, procuren que sea el niño quien primero lo reciba. Por ejemplo, en un restaurante. El niño es el principal destinatario de la carta del menú para sentirse importante porque ya es lector. Aunque parezca superficial, con este detalle estaremos contribuyendo a que descubra la función social de la lectura a través de su uso en situaciones reales.

Según esto, la promoción que debería celebrar sus 25 años o sus bodas de plata con el saber no son los bachilleres del 79 o los licenciados del 84. Esas fiestas deberían congregar, con mayores méritos y razones, a la quinta de párvulos que vivió la experiencia de aprender a leer en una escuela cualquiera bajo la sombra protectora y frondosa de una maestra o de un maestro ejemplar. Y como yo estuve allí, al lado de doña María Dagnino, en aquella escuela húmeda del barrio de Florida-Portazgo, en la calle Escorpión; y como yo aprendí a juntar las primeras letras con aquella quinta de entrañables “cagones”, aprovecho la coyuntura para celebrar con cuarenta años de retraso el curso y el año en que las palabras se nos hicieron descifrables, cercanas, amigas y confidentes. Va por todos, estéis donde estéis.