El lunes a las 2, no te retrases

El lunes a las 2, no te retrases

A Miguel Iborra

Sobre mi mesa de trabajo, entre la almohadilla del ratón y el teclado, reposa desde hace meses un pequeño encendedor con el que, de vez en cuando, mientras pulo una frase o espero una palabra, mis manos o mis ojos juegan distraídamente. Sobre el mechero se lee “un alcalde para tod@s, Miguel Iborra”. Lleva meses ahí y ha sido un extraño compañero de largas noches, de desvelos, quebrantos y tazas de café hasta el amanecer acabando un capítulo canalla, un artículo imprevisto, tan poco calculado como este de ahora, como estas líneas que me provocas esta mañana de domingo en que tu muerte se ha sentado en mi mesa disfrazada de injuria, me ha mirado a los ojos y ha tenido el gesto irreverente de darme fuego con tu mismo mechero, el que tiene tu nombre, el que ha estado junto a mí, agazapado, como una diminuta premonición.

Lo que puedo contarte, ya lo sabes. No hace falta que le diga ni a tu ausencia ni a ti la admiración que te rindo, ni que aporte más pruebas en favor de mi afecto que las noches compartidas en algún bar de Aspe, hablando hasta las tantas de poesía, de aprovechamientos pluviales, de flamenco y de polígonos, de tu pueblo y el mío, de la depuradora o del agua con una filosofía de barra y taburete, ante un claro gimtonic y una música de Dylan tan extemporánea como nosotros. No sé cómo voy a acostumbrarme a esa llamada que ya no escucharé en el momento más inoportuno, así, como de vez en cuando, con ese mono de echarnos de menos, para decirme que el lunes me esperas a comer. Y yo que voy, como siempre, derechito hasta Aspe para que me subas en tu voluntarioso cacharro (que nos sé cuántas iteuves se ha tragado ya) y me des otro vuelta por el entorno urbano, por tus viviendas sociales, tus nuevos barrios, la próspera zona industrial que tantos puestos de trabajo anda generando, y que me metas hasta dentro mismo de la depuradora y me expliques de nuevo, con una pedagogía entusiasta, la reutilización del agua, el aprovechamiento de las lluvias o el abono residual que fertiliza la tierra y nos impregna el gusto y la ropa de un olor nauseabundo que nos importa poco, que dejamos atrás para departir, sobre una mesa y un plato de arroz bien servido, sobre el mundo y la vida, para hablar de tu última cruzada con el Plan Hidrológico o de ese libro que ando terminando y que no podré llevarte nunca.

Hasta que di contigo, por culpa de Miguel Hernández y luego de Manuel Gerena, hasta que me llevaste a aquel bar en que sacamos punta a la noche con unos cuantos amigos verdaderos, no creía que la coherencia era cierta. Y fue curioso comprobar cómo la sensatez crecía en ti conforme me contabas tu laboriosidad política, cómo se instalaba en tu cuerpo la integridad, la raza de buen tío, el amor por las cosas que eran tuyas pero también de todos. Y a medida que hablabas de tu gente, de la integración de colectivos marginales en el tejido de la vida diaria, yo te veía como un niño grande, como un escolar que ha hecho bien sus deberes y se frota de júbilo cuando los muestra con aplicada pulcritud a los ojos de alguien a quien se quiere bien.

No sé por qué ni cómo, pero siempre se van los que más falta hacen. Y tú lo sabías, Miguel. Tú sabías que entregarse tan franciscanamente a los demás se prestaba a estas putadas que te juega la vida cuando menos lo quiere uno. Y ya ves, de qué nos sirve ahora que tu gestión de alcalde sea la envidia de montones de ediles y políticos, que el amor que has sembrado entre tu gente se esté desparramando por las calles y se extienda a los parques, a las zonas culturales, sociales y deportivas que sacaste de la chistera de tu talento y tu filantropía. De qué sirve, dime, si la coherencia política te la llevas contigo y nos dejas así, malheridos y con este desamparo que no sé cuándo ni cómo encontrará su consuelo y su alivio.

Ahí tienes la paz, toda y ancha para ti. Aquí, la vida a medias solamente, este lugar y esta mesa en la que escribo y pienso mientras acaricio entre el índice y el pulgar un pequeño mechero que me dice tu nombre y que no pienso encender por nada que lo exija, para que la llama que alberga perdure en su interior, me proteja de tu olvido y brote únicamente cuando me haga más falta, en el momento justo, ese que nadie sabe en qué hora y qué minuto llamará a nuestra puerta.

José Luis Ferris

Escritor