Scripta in honorem Enrique Llobregat

JOSÉ LUIS FERRIS

Parece que fue ayer, pero este mes de agosto hará seis años ya que Enrique Llobregat nos dejó para siempre.

Aquel verano de 2003 se llevó a varios seres queridos sin remedio alguno, pero el caso de don Enrique dejó muy tocado el mundo de la cultura que nos define y, de manera especial, el siempre sugerente espacio de la arqueología.

Y no es difícil recordarlo ahora, en estos últimos años e incluso en estos últimos meses en los que la arqueología ha adquirido un progresivo protagonismo cultural y social en Alicante. Los frutos que un sueño tan suyo como el Museo Arqueológico (MARQ) está dando desde su inauguración le hubieran hecho especialmente feliz. Lo pensé el pasado 2 de abril, cuando la Reina abría las puertas de esa extraordinaria exposición sobre «La belleza del cuerpo en la Gracia clásica» que está pulverizando la cifra de visitas y que todavía podremos disfrutar hasta el mes de octubre. Lo pensé hace sólo unos días, cuando saltó la noticia de que el magnífico yacimiento arqueológico de los Baños de La Reina de Calpe se veía amenazado más que nunca por la depredación urbanística. Una inexplicable sentencia del Tribunal Supremo acababa de anular, después de años de silencio, el Plan de Protección de este espacio arqueológico y, por tanto, la modificación puntual del Plan General de Ordenación Urbana que impedía edificar sobre esta zona del litoral. Esta sentencia que responde al recurso presentado por uno de los propietarios del suelo da, por tanto, vía libre a la construcción de torres de apartamentos y a sepultar bajo el cemento y la especulación una de las villas romana mejor conservada de nuestra provincia y uno de nuestros mayores tesoros arqueológicos.

Entre el éxito y la devastación, entre el amor al patrimonio, a la cultura en su vasto sentido, y la insensibilidad que amenaza con su alta codicia y sus planes parciales, me he acordado como nunca de Enrique Llobregat, del maestro, del humanista, pero, sobre todo, el hombre que se nos fue. Y no encuentro ahora mejor manera ni término para definir a un intelectual como él que la palabra «sabiduría» en toda su extensión y en su más pura firmeza. Aunque Enrique no era sabio por el interminable currículum que definía su trayectoria, por los numerosos premios extraordinarios (Bachiller Superior en el 58, Tesis de licenciatura –«Las cuevas de enterramiento eneolítico en el Reino de Valencia»–, Tesis Doctoral –«Contestania Ibérica»–, Medalla al Mérito Cultural de la Generalitat Valenciana, Medalla de Oro de la Provincia de Alicante o Doctor Honoris Causa por la Universidad de Alicante…) que jalonaron su carrera académica, por sus lecciones magistrales o por su activa vida docente y cultural (miembro del Consejo Valenciano de Cultura, Académico Correspondiente de la Real Academia de San Carlos, Miembro Correspondiente del Deutcshes Archäelogische Institut de Berlín, Académico Correspondiente de la Real Academia de Bellas Artes de San Fernando y un larguísimo etcétera que no puedo resumir en estas líneas). Enrique Llobregat era un sabio porque su curiosidad no tenía límites, porque siempre adoptó una postura crítica ante la realidad que se le ponía delante, porque fue un rebelde y ejerció hasta el final esa edificante rebeldía que le obligaba a colocarse en un lugar distinto a los demás, a situarse exactamente al otro lado del espejo, en ese ángulo donde las cosas nos sorprenden y nos revelan lo que nadie ve, lo que nadie ha sido capaz de explorar. Sólo así se puede entender que los conocimientos arqueológicos de nuestro más remoto pasado tengan un antes y un después a don Enrique. Su «Contestania Ibérica», su «Introducción a la Arqueología Alicantina», su aportación al estudio de la arqueología romana, a las épocas Paleocristiana y Visigoda, o la sencillez con la que nos aclaró eternas dudas y puso orden y sistema a esas grandes lagunas de nuestro pasado son deudas impagables que sólo sus discípulos, sus compañeros y sus seres más próximos le pudieron devolver con monedas de admiración y de generosidad.

Él, don Enrique, que frecuentó tantas veces esa otra cara del espejo, pasó la última etapa de su vida más allá del azogue, silenciado por una larga enfermedad que le mantuvo alejado de la vida pública. Hace seis años, durante un agosto como el que ahora nos acoge, se disolvió en su agua plateada como los versos que escribía, como la música que le gustaba oír, como el amor a ese patrimonio nuestro que supo contagiar a sus seres cercanos; él, el maestro, el humanista, el intelectual, el sabio, el amigo, el hombre.