VOLVER A MIGUEL HERNÁNDEZ

VOLVER A MIGUEL HERNÁNDEZ

Siempre hay un tiempo para volver.

Lo poetas pasan por el mundo, sobre el mundo, con el mundo…, dejan su palabra, su testimonio o su trozo de vida escrita para que alguien la sienta como propia y la propague. Al poco de morir como todo mortal, sufren homenajes pero también ofensivos desdenes. A veces caen en un transitorio descrédito, los devora el silencio o se ven desterrados, incomprensiblemente, a los reinos del olvido. Mucho de todo esto acaeció y he venido sucediendo con Miguel Hernández desde su muerte en la cárcel de Alicante aquel 28 de marzo de 1942, tanto que hoy, 73 años después, se puede afirmar que todavía no ha encontrado el lugar que le corresponde en la Historia de nuestra literatura. Y el motivo esencial es el exceso de prejuicios que aún envuelve al lector y al crítico a la hora de valorar a un autor como él, vapuleado por las circunstancias y por intereses de origen diverso, rodeado de mitos y miserias, de simplezas y tópicos. 

Pero, en verdad, ¿quién fue Miguel Hernández? Para aquéllos que poco conocen de su vida y de su obra convendría saber ciertas cuestiones esenciales. Su nacimiento, por ejemplo, en 1910, en la alicantina población de Orihuela, tiene en él una importancia que rebasa la anécdota geográfica. Sin duda, su origen rural y la exuberante naturaleza de la Vega oriolana marcarán su formación literaria y su estilo poético. El poderoso ambiente religioso de su ciudad natal cobrará asimismo un papel determinante en su primera etapa, generando una obra de fuerte catolicismo que debe mucho a la influencia de Ramón Sijé, compañero de Hernández a quien éste inmortalizó con una bellísima elegía. Tras un periodo bucólico y provinciano, su primer libro (Perito en lunas, 1933) responde al gusto por una poesía de acento culterano y hermético. El auto sacramental Quién te ha visto y quién te ve y sombra de lo que eras (1934) comienza a proyectarlo a las altas esferas literarias, pero será con los poemas de El rayo que no cesa (1936), conjunto de sonetos amorosos, cuando alcance el reconocimiento de sus coetáneos. Su traslado a Madrid en momentos de gran efervescencia social y política, así como su amistad con Neruda y Vicente Aleixandre, producirán en él un gran cambio ideológico y estético que desembocará, cuando las circunstancias lo exijan, en un firme compromiso político y literario y en una activa participación en la Guerra Civil (1936-1939) a través de misiones culturales que se materializan en dos libros: Viento del pueblo (1937) y El hombre acecha (1939), muy difundidos en el frente. Su producción dramática, compuesta de obras como El torero más valiente, Los hijos de la piedra o El labrador de más aire, culmina en los años de contienda civil con el volumen Teatro en la guerra, que integra cuatro piezas breves. Al acabar el conflicto bélico es encarcelado, juzgado y condenado finalmente a 30 años de prisión, aunque muere de tuberculosis en el reformatorio de Alicante en 1942, dejando un libro póstumo, Cancionero y romancero de ausencias, en el que se advierte una simplificación del lenguaje y un regreso a la canción popular y a la poesía esencial e íntima.

Podríamos decir que Miguel Hernández es un poeta que exigía y sigue exigiendo la mirada limpia del lector y el laborioso esfuerzo de quienes tratan de devolverle la dimensión artística y humana que siempre tuvo: un ser inteligentemente apasionado que vivió y amó hasta el límite de sus posibilidades y que dejó un testimonio íntimo y literario difícilmente pagable tras su paso por el mundo y por un momento esencial y cenagoso de nuestra propia Historia.

Siempre hay un tiempo para volver, incluso a poetas como Miguel Hernández, porque, en cierto modo, volver a sus versos, a su obra y a su vida es regresar un poco a nosotros mismos, al lugar exacto de nuestra conciencia y nuestra memoria.

José Luis Ferris