Las maestras

José Luis Ferris

Estos días se puede visitar en el Harry Ransom Center de la Universidad de Texas, en Austin, la primera gran exposición del gigantesco archivo (más de 27.000 imágenes disponibles en línea desde 2017) de Gabriel García Márquez, la creación de un escritor global, en la que se explica, a partir de pequeños objetos, la transformación de un niño que aprendió a leer en una escuela de Aracataca, junto a su maestra, y que alcanzó el Premio Nobel y la consagración mundial.

Siempre me han conmovido las historias que comienzan con un simple aleteo de mariposa –el beso de una maestra tiene algo de eso– y que acaban en un cataclismo de proporciones bíblicas. En detalles así, García Márquez y yo tenemos mucho en común y, en mi caso, las culpables tenían nombres tan sonoros como María Dagnino, Amelia Abad, Conchita Moya, Susana Delgado, M.ª Ángeles Claramunt, Pilar Maestro, Dolores Maciá, Carmen Pascual, Marina Aragón, Matilde Bueso…

Fueron muchas (acaso más de las que ahora menciono en el recuerdo) las maestras que pasaron por mi vida y dejaron esa huella que el tiempo transforma en gratitud, en emoción, en deuda probablemente eterna. Desde el olor a madera mojada de aquella escuela de párvulos donde aprendí a leer (mi cartera azul y el babi a rayas) hasta mi último año en el instituto, ellas forjaron a su modo el hombre que ahora soy, los ojos por los que miro el mundo, la voluntad que me inhibe o que me lanza cuando la vida no quiere ser amable. De la oración simple a la Revolución Francesa, de la suma al logaritmo, de Platón a Wittgenstein, del Poema de Mío Cid a Luces de bohemia, ellas dejaron un rastro de palabras y de voces que aún resuena en la oquedad de la memoria.

Poco sabemos de sus vidas después de tantos años, pero a veces se produce el milagro del reencuentro al cruzar una calle, al salir del cine o al entrar en unos grandes almacenes. Sucede que la vemos allí, frente a nosotros, convencidos de que pasará de largo, que esquivará nuestra presencia cuando estemos cerca, que jamás nos reconocerá entre la multitud; pero ella se detiene, se detiene y nos mira con ojos de adivinación, se ilumina de pronto, pronuncia nuestro nombre y nos abraza con ese viejo calor que habíamos olvidado. Caemos entonces en la cuenta de que también nosotros habitamos en ella, que el niño que dejamos de ser aún corre feliz por las galerías de su alma.

Sé que mi vocación, mi oficio y el trabajo con el que me gano el pan de cada día se deben a lo que aprendí de ellas. María Dagnino me enseñó a leer, luego puso en mis manos la herramienta más poderosa que conozco. Con aquellos once años de colegio me llegó la sabiduría de Amelia, de Susana y, muy especialmente, de Conchita, quien, entre el Desembarco de Normandía y la muerte de Mao Tse-Tung, dejó sin querer un resquicio por el que se coló aquel enamoramiento hacia ella que duró más de tres cursos. Todo lo que sé de Goya y sus caprichos, de los sueños de la razón, de las guerras del mundo, de Chomsky y de Pavlov se lo debo enteramente a ellas. Aunque para filosofías más profundas siempre tuve a Lola Maciá. Aquello era ya el Instituto, donde aprendí las canciones de Georges Brassens, Jacques Brel o Edith Piaf, siempre al lado de Marina Aragón, la profe de Francés. O los pases de filminas de Carmen Pascual en la sugerente penumbra de las 12, con las cortinas echadas para contemplar mejor la belleza del Discóbolo y las primaveras excesivas de Botticelli. También la Lengua de Matilde Bueso resultaba seductora, desde la propia, encerrada en su boquita pintada de rojo, a la otra, la de los pluscuamperfectos defectivos y las subordinadas con ganas de liarnos la existencia a última hora de los viernes. M.ª Ángeles Claramunt y sus clases de Literatura fueron el preludio de esa fascinación que aún me despierta la lectura de un buen libro, incluso la razón por la que escribo cada día. Pilar Maestro irrumpió en mi tiempo de aprendiz con una contundencia demoledora enseñándome a ser crítico, a no responder al cómo sino al porqué, a utilizar desinhibidamente el pensamiento.

No me cabe ninguna duda de que sin ella y sin todas las que hicieron de la pedagogía una labor sin precio, mi vida y la de muchos sería un triste e irrazonado paisaje. Lo digo ahora, mientras recuerdo la muerte, hace unos años, de Rosa Fergusson, una maestra de Aracataca que conservaba como un verdadero tesoro los libros y los recuerdos de un alumno al que nunca olvidó. Ella le había enseñado a leer y a escribir y él se lo agradeció eternamente inmortalizándola en sus relatos. Cuando recogió el Premio Nobel, García Márquez se acordó de ella, pronunció su nombre y ensanchó la sonrisa como un niño feliz.